La noche antes de que llegaran los hombres del instituto, Ariadna había dicho algo que él no supo escuchar.
Damien lo recordaba ahora con la claridad brutal de las cosas que uno entiende demasiado tarde: ella estaba sentada en la cama del hospital, con el suero todavía conectado al dorso de la mano izquierda y los ojos de alguien que ya ha cruzado la frontera entre el miedo y la resignación. No lloraba. Ariadna nunca lloraba antes de tiempo. Esperaba a que las palabras salieran primero, y despu