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La primera imagen llegó sin aviso, como siempre llegaban las cosas que uno había enterrado con demasiada prisa.

Damien estaba sentado frente a la ventana del consultorio cuando ocurrió. No había paciente. No había sesión. Solo el silencio de las seis de la tarde y la lluvia que había comenzado a caer sobre la ciudad con esa insistencia monótona que tiene la lluvia cuando no tiene prisa por terminar. Estaba mirando el agua deslizarse por el cristal cuando algo en el sonido —ese sonido particular
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