Habían pasado noventa días desde que Ariadna firmó el alta voluntaria con una letra que ya no temblaba.
Lo primero que hizo al llegar al apartamento fue abrir las ventanas. Todas. Incluso la del baño, que llevaba años atascada y que cedió solo después de que ella empujara con las dos manos y algo parecido a la rabia. El aire de noviembre entró como entra siempre lo necesario: sin anunciarse, sin pedir permiso. Ariadna se quedó en el umbral de la sala con los brazos cruzados sobre el pecho y mir