La grabación tenía cuarenta y siete minutos.
Damien lo supo antes de abrirla porque el sistema registraba la duración en el margen del archivo, ese detalle técnico que nadie lee pero que él siempre miraba primero, como quien revisa el peso de algo antes de cargarlo. Cuarenta y siete minutos. La sesión oficial había durado treinta y dos. Los quince restantes eran el espacio donde ocurría lo que no debía ocurrir, y él lo sabía con la misma certeza con la que sabía que estaba a punto de cruzar una