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La sesión comenzó como todas las demás.

Ariadna entró a las cuatro y diez, diez minutos tarde, y no se disculpó. Damien lo registró sin comentarlo —era uno de esos detalles que aprendió a no señalar, porque señalarlo convertía el silencio en otra cosa, y el silencio de Ariadna esa tarde era un territorio que todavía no sabía cómo nombrar. Se sentó en el lugar de siempre, cruzó los brazos sobre el regazo con ese gesto que no era defensivo sino contenido, como si llevara algo adentro que aún no h
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