Mundo ficciónIniciar sesiónNatasha, la esposa invisible, se transformó en Gatúbela para seducir a su frío esposo Adam. Lo logró: él la deseó, la hizo suya en una habitación privada... pero al terminar, la culpó. Cuando ella quedó embarazada, él no le creyó, la llamó mentirosa y le pidió abortar. Humillada y rota, Natasha huyó a Miami. Ahora ha vuelto. Pero no es la misma esposa sumisa. Es la diseñadora más famosa del mundo, poderosa e independiente. Adam, consumido por la culpa, quiere recuperarla. Pero no será fácil: a su lado está Mateo Di'Carlo, su jefe, el príncipe que toda mujer desea: guapo, poderoso y completamente entregado a ella. Adam tendrá que luchar por una segunda oportunidad contra un rival que lo supera en todo. ¿El amor de Adam es real o solo otra obsesión? ¿Y Natasha está dispuesta a perdonar al hombre que la rompió, cuando tiene a alguien que siempre la vio?
Leer másEl espejo del camerino devolvía una imagen que Natasha apenas reconocía.
El corsé de terciopelo negro le moldeaba la cintura como una segunda piel, realzando sus curvas con una precisión cruel. Los tacones de aguja con doce centímetros de altura, la hacían sentirse frágil y poderosa al mismo tiempo. Pero era el antifaz, con sus plumas de cuervo y destellos plateados, lo que transformaba por completo su reflejo.
No soy Natasha, pensó mientras se ajustaba las tiras. Natasha es la esposa aburrida que prepara el desayuno y espera en la cama vacía. Natasha es la que él ignora.
—¿Estás lista, Gatúbela? —La voz del gerente sonó al otro lado de la puerta.
Gatúbela sonrió ante el espejo. Una sonrisa que Natasha nunca había ensayado.
—Nací lista.
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El bar se llamaba Lux, y era exactamente el tipo de lugar que Adam frecuentaba últimamente: oscuro, caro, exclusivo. La música de jazz se mezclaba con el tintineo de copas de whisky y las risas ahogadas de hombres de traje que fingían ser más jóvenes de lo que eran.
Natasha —Gatúbela— observó desde detrás del cortinado de terciopelo rojo.
Allí estaba él.
Adam, su esposo, sentado en la mesa VIP con Marcos. Bebía su bourbon con esa elegancia fría que siempre lo había caracterizado, el nudo de la corbata ligeramente aflojado. Su teléfono estaba sobre la mesa, iluminándose de vez en cuando con notificaciones de trabajo.
Marcos soltó un suspiro y alzó su copa.
—Hermano, deja ese celular un momento —dijo, golpeando la mesa con los nudillos—. Siempre es lo mismo contigo. ¿De qué sirve que vengas si no vas a ver a nadie?
Adam levantó la vista, su expresión impasible.
—Te estoy acompañando —respondió, y su tono era tan plano como siempre.
—No, esto no es compañía —insistió Marcos, inclinándose hacia adelante—. Estás viendo tu teléfono. Como siempre. Como en casa, como en la oficina, como en todos lados. ¿Sabes qué? A veces pienso que te casaste con ese aparato, no con Natasha.
El nombre de su esposa flotó en el aire como una advertencia.
Adam frunció el ceño.
—No mezcles a Natasha en esto.
—¡Pues entonces disfruta! —exclamó Marcos, riendo sin gracia—. Disfruta conmigo que soy tu amigo y he vuelto del extranjero después de dos años.
Adam dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Feliz?
—Más o menos —respondió Marcos, alzando su copa—. Pero al menos ya no eres un robot. Brindemos por eso.
Chocaron las copas, y Adam bebió su bourbon con la misma frialdad con la que hacía todo. Su mirada recorrió el bar sin detenerse en nadie. Pasó por encima de las mesas, de las parejas, de las mujeres que lo miraban con descaro.
En años, nunca había desviado la vista. Nunca había sido infiel, ni siquiera en pensamiento. Natasha era su esposa, y aunque... aunque ya no la tocaba, aunque ya no la miraba, seguía siendo su esposa.
Pero entonces la música cambió. Un ritmo lento, sensual, con bajo profundo que vibraba en el pecho. Las luces se atenuaron y un foco dorado iluminó el escenario.
Una mujer apareció.
Y Adam, por primera vez en años, miró.
Gatúbela caminó hacia el centro del escenario con la lentitud de una pantera. Su cuerpo se movía al ritmo de la música con una seguridad que hipnotizaba. El corsé de terciopelo se ceñía a sus curvas, y el antifaz de plumas ocultaba su rostro, dejando solo sus ojos a la vista.
Ojos que Adam no reconocía.
Ojos que, sin embargo, lo miraban a él.
—Vaya —silbó Marcos, dejando la copa—. Esto sí que vale la pena verlo.
Adam no respondió. No podía.
Ella se deslizó por el tubo con una gracia felina, su espalda arqueándose en un movimiento de pura entrega. Sus manos recorrían su propio cuerpo, provocando gemidos ahogados en el público. Pero su mirada nunca se apartaba de él.
Y entonces bajó del escenario.
No caminó. Se deslizó entre las mesas con la seguridad de quien sabe exactamente a dónde va. Los hombres extendían billetes, le ofrecían copas, pero ella pasaba de largo. Sus caderas se balanceaban al ritmo de la música, un vaivén hipnótico que hacía que todos los ojos la siguieran.
Todos menos uno.
El único que importaba.
Adam no podía apartar la mirada.
Se detuvo frente a su mesa. Tan cerca que el borde de su falda rozaba la madera. Sus manos se posaron en los bordes de la mesa, justo al lado del teléfono que él había dejado. Sus dedos, largos y elegantes, tamborilearon un momento sobre la superficie.
Y entonces, sin previo aviso, se sentó en su regazo.
La sala entera contuvo la respiración. Marcos abrió la boca, sin palabras. Adam... Adam sintió que el tiempo se detenía.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Un estremecimiento recorrió su espina dorsal. Sus manos quedaron suspendidas en el aire, sin atreverse a tocarla, sin atreverse a apartarla. Pero su mirada... su mirada no podía separarse de esos ojos que lo desafiaban desde detrás del antifaz.
Gatúbela comenzó a moverse.
Sus caderas trazaron círculos lentos sobre su regazo, un movimiento deliberado, provocador. Su espalda se arqueó hacia atrás, acercando su pecho a su rostro. Su cabello largo, oscuro, sedoso rozó la mejilla de Adam, dejando un rastro de perfume que le quemaba la piel.
Ese perfume, pensó Adam, en algún rincón de su mente que aún funcionaba.
Gatúbela se inclinó hacia adelante, sus manos deslizándose por los hombros de Adam, sus caderas aún moviéndose contra él. La música era un latido que marcaba el ritmo de su cuerpo, y Adam, el hombre frío, el CEO imperturbable, el esposo ausente, estaba completamente rendido.
Sus manos, finalmente, la tocaron. Se posaron en sus caderas, casi sin querer, como si su cuerpo reclamara algo que su mente no entendía.
Y entonces ella se detuvo.
Se levantó de su regazo con un movimiento felino, suave, sin prisa. Sus dedos rozaron el teléfono de Adam, apartándolo unos centímetros. Lo miró directamente a los ojos, una última vez, con una sonrisa que era un desafío y una promesa.
Y se fue.
Desapareció entre la multitud como un sueño, dejando a Adam con las manos aún extendidas, el corazón galopando, y un deseo que no sentía desde... desde que se casó.
Marcos fue el primero en hablar.
—Hermano... —dijo, con la voz temblorosa entre sorpresa y risa—. ¿Qué fue eso?
Adam no respondió. Su mirada seguía fija en el punto donde ella había desaparecido. Su mano tocó el teléfono que ella había apartado, y por primera vez en años, el dispositivo le pareció un objeto vacío.
—No sé —respondió al fin, y su voz sonaba diferente. Rota. Confundida—. No lo sé.
Esa noche, cuando llegó a casa, Natasha estaba en la cama. No lo abrazó, ni le pidió que se acercara. Solo dijo, con voz cansada:
—Llegas tarde.
Adam apagó la luz y se giró hacia el otro lado. No tocó a su esposa.
Pero mientras cerraba los ojos, lo único que veía era el antifaz de plumas negras y el movimiento de unas caderas que bailaban solo para él.
Y Natasha, en la oscuridad, sonrió.
Su venganza había comenzado.
Cuatro meses habían pasado desde que Natasha abordó aquel avión con destino a Miami. Cuatro meses desde que dejó atrás su vida, su matrimonio, su dolor.Y cuatro meses de una búsqueda infructuosa para Adam.Adam había movido cielo y tierra. Contrató a los mejores investigadores privados. Pagó cifras exorbitantes por información que nunca llegaba. Recorrió hoteles, hospitales, agencias de empleo. Preguntó en cada rincón de la ciudad mostrando la foto de Natasha, la misma de siempre, la de la esposa aburrida con el cabello recogido y la sonrisa tímida.Nadie la reconocía.En el aeropuerto, exigió información. Mostró su identidad, su dinero, su poder. Pero nadie daba razón.—¿Dónde estás? —susurraba en la oscuridad—. ¿Dónde te escondes?Pero Miami era inmensa. Y Natasha, como siempre en su vida, era invisible.---Miami era todo lo que Natasha había soñado.El sol brillaba cada mañana, el mar estaba cerca, y la gente sonreía sin motivo. Su pequeño apartamento en un barrio modesto era su
El alta médica llegó al día siguiente.Natasha salió de la habitación con pasos lentos, su cuerpo aún débil, pero su mente más firme que nunca. Adam estaba esperando en el pasillo, su rostro una máscara de hielo. No la miró a los ojos. No le preguntó cómo se sentía. Solo dijo:—Coge tus cosas. Vamos a casa.Natasha no respondió. Caminó detrás de él, sintiendo la distancia que se abría entre ellos como un abismo.El viaje en auto fue un infierno de silencio.Adam conducía con las manos aferradas al volante, los nudillos blancos, la mandíbula apretada. Cada pocos minutos, golpeaba el volante con furia contenida, un golpe seco que hacía vibrar el auto.Natasha iba en el asiento del acompañante, las lágrimas rodando silenciosamente por sus mejillas. Pero no lloraba porque él no le creyera. No.Lloraba porque se dio cuenta de algo peor.Si él estuvo con Gatúbela, pensó, el dolor perforándole el pecho, también pudo haber estado con cualquier otra bailarina. Cualquier otra mujer.Esa idea er
Los días siguientes fueron un infierno silencioso.Adam cumplió su promesa. No volvió al bar. No volvió a buscar a Gatúbela. Llegaba a casa más temprano que nunca, pero su presencia era un fantasma frío. La culpa lo devoraba por dentro, y en lugar de enfrentarla, la enterraba bajo capas de indiferencia.Se volvió más frío.Más distante.Y más generoso.Llegaba con regalos: joyas de Tiffany, bolsos de diseñador, tarjetas de crédito con límites astronómicos. Dejaba cajas de terciopelo sobre la mesita de noche, sobres con dinero en la cocina, como si pudiera comprar el perdón que no se atrevía a pedir.Natasha miraba los regalos sin tocarlos. Los dejaba acumularse como un recordatorio de lo que él no podía decirle.—No necesito esto —dijo una noche, señalando un collar de diamantes que él había dejado sobre la almohada.Adam la miró, su rostro impasible.—Es para ti —respondió, y su voz era plana—. Tómalo.—No quiero tus regalos, Adam. Quiero que me mires. Que me hables. Que...—Estoy ca
Los días pasaron como un sueño febril.Natasha bailaba cada noche en Lux, y cada noche Adam estabña allí. Sentado en la misma mesa, con el mismo bourbon, la misma mirada fija en el escenario. Marcos ya no lo acompañaba; Adam iba solo. Llegaba puntual, se sentaba, y esperaba.Esperaba a Gatúbela.Y ella nunca lo decepcionaba.Cada baile era para él. Cada movimiento de sus caderas, cada arqueo de su espalda, cada deslizamiento por el tubo de acero, todo estaba calculado para clavarse en su memoria como una obsesión que no podía sacudirse. Bailaba para él, lo provocaba con sus ojos, lo desafiaba con su cuerpo.Y él, el hombre frío, el CEO imperturbable, el esposo que nunca miraba a su mujer, estaba completamente atrapado.Le daba dinero. Mucho. Billetes que ella dejaba sobre la mesa sin recogerlos. No necesitaba su dinero. Solo necesitaba una cosa: demostrarle que ella sí servía como mujer.Mírame, pensaba mientras sus caderas se movían al ritmo de la música. Mírame como nunca me miraste
Último capítulo