Había algo en los cajones viejos que se parecía a la cobardía.
Ariadna lo sabía desde hacía años, desde mucho antes de que existiera una clínica y un nombre técnico para lo que le ocurría. Sabía que los cajones del armario del dormitorio —ese armario de pino claro que había comprado en un mercado de segunda mano el año en que cumplió veintisiete y que desde entonces había sobrevivido a tres mudanzas y a un incendio pequeño en la cocina del tercer piso— contenían cosas que no debían ser tocadas.