Sebastián Voss llegó con quince minutos de anticipación.
No era una visita programada. Eso fue lo primero que Mireille señaló cuando apareció en la recepción del ala de recuperación, con esa calma particular de los hombres que saben que el mundo se reorganiza en torno a ellos si esperan el tiempo suficiente. Había llamado esa mañana. Había pedido, no exigido —la distinción era importante, y él la manejaba con precisión quirúrgica—, una reunión breve con el doctor Aldecoa. Asunto de familia, hab