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La sesión catorce comenzó con silencio.

No el silencio incómodo de los primeros días, cuando Ariadna contaba las baldosas del suelo para no tener que mirar a Damien a los ojos. Era otro tipo de silencio, más denso, como el de una habitación donde alguien acaba de dejar de hablar y el aire todavía sostiene la forma de las palabras que no se dijeron. Damien lo reconoció. Había aprendido a distinguir los silencios de ella como un músico distingue los compases de una pieza que conoce de memoria.

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