Al girarse, se topó con tres pares de ojos fijos en ella: Jorge y dos señores más. Un calor repentino le subió al rostro, pero, intentando disimular la vergüenza, soltó una risa nerviosa y se excusó. Uno de los desconocidos, divertido, comentó que le gustaría tomar clases de baile con ella.
Lía, recuperando enseguida la chispa, aceptó con una amplia sonrisa. La situación, que pudo haber sido incómoda, se convirtió en un momento ligero. Jorge no paraba de reír con la ocurrencia, aunque, en el fo