Lía seguía en el suelo, tambaleante, con el rostro marcado por la bofetada y los ojos nublados por el licor. Apenas entendía dónde estaba, solo sentía el ardor de la vergüenza atravesándole el pecho.
Ceida, de pie frente a ella, descargaba por fin todo lo que había callado durante meses.
—¡Borracha! —le gritó con voz ronca, quebrada por la furia—. ¡Levántate y cuida a tu hija, que para eso deberías servir!
El eco de sus palabras se extendió por la casa silenciosa, hasta la habitación donde Lucí