La cena en casa de Víctor no era una casualidad. Bruno lo sabía desde que recibió la invitación con ese tono seco que siempre escondía otras intenciones. Daniela había cocinado personalmente, y eso ya era un mensaje. Cuando Bruno llegó, la miró con esa expresión que mezclaba paciencia, sarcasmo y una sonrisa torcida.
—Daniela, querida —la saludó con voz grave, mientras le entregaba una botella de vino.
—Bruno Machiatti —respondió ella, con una sonrisa helada—. Qué milagro que aceptaste con una