El sonido suave del mar chocando contra las rocas fue lo primero que Melissa escuchó al despertar. El viento acariciaba las cortinas blancas que flotaban como fantasmas pacíficos en la habitación iluminada por la luz dorada del amanecer. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el de las flores frescas que adornaban la villa.
Y en medio de esa escena, que parecía robada de un sueño, estaba Bruno, en la terraza, con el torso desnudo, de pie, con una taza en su mano, mientras el aire mecía