Mundo ficciónIniciar sesiónMi hermana gemela, Carolina Alvarado, tenía una enfermedad congénita del corazón. Desde niñas, bastaba con que Carolina se echara a llorar para que yo, Miranda Alvarado, tuviera que cederle todo: mi habitación, mi fiesta de cumpleaños e incluso la atención de nuestros padres. Con el tiempo entendí que, si nadie quería darme nada, tendría que conseguirlo por la fuerza. Si a ella le gustaba un vestido de gala, yo pagaba diez veces su precio y me lo quedaba. Si ella quería trabajar en una empresa, yo me adelantaba y conseguía la única vacante. Carolina se casó con Álvaro Sandoval. Yo había encontrado una carta de amor que Roberto Sandoval, el hermano menor de Álvaro, le había escrito a ella. Aun sabiendo que Roberto estaba enamorado de mi hermana, puse una condición para ayudar a los Sandoval a salir de su crisis económica: que él se casara conmigo. Así, además de hermanas, nos convertimos en concuñadas.
Leer másTres días después de la exposición fui a la playa. El médico se opuso al principio, pero insistí. Roberto organizó el viaje y se aseguró de que nos acompañara un equipo médico. Durante el trayecto no dijo nada.Soplaba un viento fuerte. Roberto colocó el caballete en la arena y me ayudó a sujetar el lienzo. Después retrocedió unos pasos. Todavía no había salido el sol. Había aprendido a no decidir por mí sin preguntarme.Tomé el pincel. La mano me temblaba mucho. La primera pincelada dejó una marca torcida en el lienzo. Roberto hizo ademán de acercarse, pero se detuvo.—¿Necesitas ayuda?Negué con la cabeza.—Quiero terminar este cuadro yo sola.Pinté a una mujer de pie junto al mar. Detrás de ella no estaban sus padres, ni su hermana, ni su esposo. Ya no miraba a nadie: estaba de frente al sol que empezaba a salir.Cuando estaba a punto de terminar el cuadro, tuve una arcada y vomité sangre sobre la arena. Una ola alcanzó la mancha y la borró. Roberto corrió a sostenerme. Esta vez no
Días después, ya de regreso en el centro de Lumeria, terminaron los trámites del divorcio. Ese día el médico me dijo que probablemente me quedaban algo más de diez días. No me entristeció demasiado. Entre los tres meses del principio y esos pocos días, tampoco había tanta diferencia.Aún había algo que quería hacer.—Quiero organizar una exposición.La enfermera pareció creer que bromeaba.—¿Tendrás fuerzas para organizarla?—Las pocas que me quedan las voy a dedicar a eso.Llevaba años pintando y nunca había tenido una exposición propia. Después de perder la oportunidad de estudiar en el extranjero, participé en concursos por mi cuenta, pero mi padre también se quedó con el dinero de los premios para cubrir las pérdidas de su empresa.Después de casarme, Roberto se convirtió en el centro de casi todo lo que pintaba. Creía que, si lograba pintarlo lo bastante bien, él por fin me vería. Solo cuando estuve a punto de morir entendí que a quien más necesitaba pintar era a mí misma.Cuando
Después de que mis padres y Carolina se fueron, pude descansar tranquila unos días. Roberto seguía alojado cerca. Ya no entraba por la fuerza a mi habitación ni intentaba obligarme a trasladarme a otro centro.Cada mañana, la enfermera traía un ramo de campánulas blancas. No eran las rosas blancas que tanto me habían gustado y que después me negué a volver a tocar.Las rosas blancas siempre se reservaban para Carolina. En los cumpleaños y en las bodas, todos daban por hecho que eran sus flores favoritas. Pero, cuando éramos niñas, a mí me habían gustado primero. En cuanto Carolina dijo que eran bonitas, mi madre me pidió que se las dejara:—A Carolina casi nunca le gusta nada. Déjaselas.Después empecé a decir que odiaba el blanco.Las campánulas no traían tarjeta, pero yo sabía quién las enviaba.Al quinto día, la enfermera trajo una silla de ruedas.—El señor Sandoval quiere llevarte a un lugar. Si no quieres ir, no insistirá ni subirá a buscarte.Iba a negarme, pero entonces me entr
A la tarde siguiente llegaron todos al centro. Carolina entró en la habitación apoyada en Álvaro. Llevaba un vestido blanco holgado, tenía el rostro pálido y mantenía una mano sobre el vientre. Mis padres caminaban pegados a ella, como si temieran que cualquier cosa la alterara.Roberto estaba junto a la ventana. No se acercó a ayudarla como antes. Ni siquiera la miró.—Roberto —lo llamó ella con los ojos enrojecidos.La expresión de Álvaro se ensombreció. Él era su esposo, pero, durante todos esos años, la primera persona a la que Carolina acudía siempre que tenía un problema era Roberto.A todos les había parecido normal: porque Álvaro viajaba constantemente por trabajo, porque ella y Roberto eran amigos desde niños, porque Carolina tenía mala salud. Solo yo protestaba como una loca.—Ya estamos todos. —Roberto dejó la tableta sobre la mesa—. Veamos esto.Roberto reprodujo las grabaciones. Primero vimos a Carolina recoger y esconder el diagnóstico. Después apareció una escena anterio
Último capítulo