Mundo ficciónIniciar sesiónMi hermanastro me odiaba. Detestaba la llegada de mi madre y la mía. Realmente, aborrecía que rompiéramos con la aparente armonía de su hogar. Siempre que me veía, ponía cara de desagrado y me decía que era repugnante, preguntándome maliciosamente cuándo me moriría. Luego, hice lo que él deseaba. Pero se arrepintió, y comenzó a llorar y a suplicarme que regresara, alegando que nunca debería haberse separado de mí, que no debería haber sido tan cruel. Sin embargo, yo ya estaba muerta. ¿A quién creía que le mostraba aquel profundo afecto?
Leer más*—Cassie:
Una adolescente que vivía al máximo se encontraba con los audífonos puestos, tarareando al ritmo de la música que salía del reproductor mientras cantaba a todo pulmón.
Sobre su cama, Cassadee McKay bailaba con entusiasmo, ignorando cualquier preocupación. Cada giro y salto desentonado la hacía sentir más libre, aunque en el fondo esperaba que nadie la descubriera; la última vez había roto los resortes de su cama anterior por hacer lo mismo.
La canción terminó justo cuando unos golpes resonaron en la puerta de su habitación.
—¡Cassadee! —llamó una voz femenina desde fuera, acompañada de insistentes golpes.
Cassadee, apodada dulcemente como Cassie, se quitó los audífonos cuando volvió a escuchar su nombre y los golpes en la puerta una vez más.
—¡Voy! —respondió Cassie con fastidio, bajándose de la cama de un salto y lanzando su reproductor de música junto con los audífonos hacía la cama.
Al abrir la puerta, se encontró cara a cara con Abby, el ama de llaves de la familia. La mujer, siempre impecable y con una expresión serena, arqueó una ceja al verla.
—¿Qué pasa, Abby? —preguntó Cassie ladeando la cabeza.
—Tu padre quiere que bajes —informó Abby con dulzura, aunque su sonrisa escondía cierta preocupación.
Cassie se cruzó de brazos, frunciendo el ceño.
—¿Mi padre quiere verme? —preguntó Cassie dudando y sonrió—. ¿Por fin soy su hija favorita? —cuestionó esta vez con sarcasmo.
Jefferson McKay no solía mostrar interés por su hija menor. Siempre decía que era una chica rebelde y complicada, algo que Cassie no podía negar del todo. Entre ambos había una distancia palpable, un abismo de indiferencia que ninguno parecía dispuesto a cerrar.
—Si, mando a llamarte, así que si pudieras…—comenzó a decir Abby, pero Cassie la interrumpió.
—No voy a bajar, Abby —dijo finalmente, acompañando sus palabras con una sonrisa resignada.
El ama de llaves suspiró y la miró con tristeza. Abby sabia como funcionaba todo en la casa, tenia años con ellos y era obvio que sabía la relación tóxica que tenían su padre y ella.
—Cassadee, es tu padre —le recordó Abby—. Si él no da el primer paso, haz tú el esfuerzo, ¿sí? —sugirió en un tono conciliador.
La chica soltó una risa seca, incrédula ante la idea.
—Abby, por favor. Ya sabes cómo son las cosas aquí. Lo mejor para todos es que nos ignoremos.
Abby no insistió, pero su mirada reflejaba decepción. Se limitó a asentir y se retiró, cerrando suavemente la puerta tras de sí.
Cassie volvió a la cama, colocándose nuevamente los audífonos, segura de que su decisión no tardaría en traer consecuencias. Y, como esperaba, no pasaron ni cinco minutos cuando la puerta volvió a abrirse, esta vez de forma brusca.
—He mandado a llamarte —anunció la voz grave de su padre.
Jefferson McKay entró a la habitación con su presencia imponente, vestido como siempre en un traje oscuro que acentuaba su autoridad. Sus ojos verdes la miraban con severidad.
—¿Qué deseas, padre? —preguntó Cassie, esta vez adoptando un tono más comedido. Recordó brevemente las palabras de Abby: “Haz tú el esfuerzo”.
—Te pedí que bajaras a cenar —replicó Jefferson, sin perder la compostura.
—Y Abby me lo comunicó, pero si estabas tan cerca, ¿por qué no viniste tú mismo a decírmelo? —respondió Cassie con sarcasmo, una chispa de desafío en su mirada.
Su padre entrecerró los ojos, claramente irritado.
—Eres insolente.
—Soy tu hija —contestó ella, encogiéndose de hombros.
El silencio que siguió fue tenso. Finalmente, Jefferson esbozó una sonrisa gélida, más un gesto de advertencia que de humor.
—Hay alguien que quiero que conozcas. Te sugiero que bajes antes de que te arrepientas.
—¿Y si no lo hago? —inquirió Cassie, cruzándose de brazos.
Jefferson giró sobre sus talones, pero se detuvo ante su desafío.
—¿Disculpa?
—No pienso bajar si lo que me espera es otro de tus “amigos” que no pueden dejar de babear por cualquier chica menor de veinte.
La tensión en el aire se hizo palpable. Jefferson dio un paso hacia ella, y Cassie retrocedió instintivamente. Sabía que estaba cruzando la línea, pero la ira hacia su padre era más fuerte que el miedo.
—Jeff —intervino una voz femenina desde la puerta.
Ambos giraron la cabeza para encontrarse con Alice McKay, la madre de Cassie. La mujer entró con calma, irradiando una serenidad que contrastaba con la atmósfera hostil del cuarto.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Alice, mirando primero a su esposo y luego a su hija.
—Papá quiere que baje a cenar para conocer a uno de sus vejestorios —dijo Cassadee con sarcasmo.
—¿Vejestorios? —repitió Alice, ocultando una sonrisa mientras miraba a Jefferson.
—Ella no entiende el concepto de respeto —respondió Jefferson con sequedad.
Alice le lanzó una mirada significativa antes de dirigirse a su hija.
—Baja, Cassie. Por favor. Solo esta vez.
Cassie quiso objetar, pero la mirada implorante de su madre la desarmó. Finalmente, asintió.
Cuando sus padres salieron de la habitación, dándole una ultima orden de que se pusiera ropa respetable. Cassie revisó su armario en busca de algo apropiado. Su ropa habitual, compuesta de prendas ajustadas y reveladoras, no era precisamente “respetable”.
Después de un rato, encontró un vestido blanco que nunca había usado, regalo de una amiga. Se lo puso, junto con unas sandalias a juego, y arregló su cabello castaño claro dejándolo suelto y trató de ocultar con maquillaje las ojeras bajo sus verdes ojos.
Cuando llegó al salón, todas las miradas se posaron en ella. Sin embargo, sus ojos se dirigieron de inmediato al hombre sentado junto a su padre. No era ningún “vejestorio”, como había imaginado, sino un hombre joven de cabello negro e intensos ojos azules.
La tensión del momento se rompió cuando Jefferson habló:
—Cassadee, él es alguien muy importante para nuestra familia.
Cassie entrecerró los ojos, aún reacia, mientras el desconocido la observaba con una intensidad que la incomodaba.
—Ella es mi hija menor, Cassadee —anunció Jefferson, señalándola con cierto orgullo mientras miraba al hombre frente a ellos.
—Un placer, Cassadee —respondió el hombre con una sonrisa carismática, la clase de sonrisa que sabía derretir corazones y que claramente utilizaba como arma. Sus ojos azules y expresivos se clavaron en los de ella por un instante que pareció eterno—. Soy Robert Bryant.
—¿Bryant? —repitió Cassadee, frunciendo ligeramente el ceño.
Robert asintió con una calma imperturbable.
—Soy el hermano mayor de Maximilian—respondió sin vacilar, haciendo que el rostro de Cassie cambiara al instante. Claro, ahora todo tenía sentido: la razón por la que el apellido sonaba conocido y por qué aquel hombre tenía un parecido innegable con el esposo de su hermana mayor.
«Con razón se parece tanto a Maximilian», pensó, desviando la mirada rápidamente.
Sin embargo, mientras observaba de reojo, no pudo evitar notar las diferencias. Robert tenía una presencia mucho más relajada, incluso amigable, y había algo en su porte que lo hacía más atractivo. Era como si llevara un aire de rebeldía bajo la formalidad que se esperaba de él. Y Cassie no pudo evitar pensar que eso era peligrosamente sexy.
—Un placer —dijo ella finalmente, esbozando una sonrisa educada. Su tono era cordial, no porque realmente quisiera serlo, sino para demostrarle a su padre que podía comportarse como toda una dama cuando se lo proponía.
Robert inclinó ligeramente la barbilla en forma de saludo. Cassie notó entonces un detalle que no había visto antes: su cabello estaba recogido en una coleta baja y llevaba unas pequeñas argollas doradas en cada oreja. Ese pequeño toque rebelde hizo que sonriera sin querer.
—Cuando me preguntaste si estábamos en casa, pensé que vendrías con Christopher para hablar de ya sabes que —comentó su padre, retomando una conversación que claramente ya habían iniciado antes de que ella llegara.
—Mi hermano está fuera de la ciudad en estos momentos —respondió Robert con naturalidad—. Por eso vine solo.
—¿Cuándo regresa? —insistió Jefferson, frunciendo el ceño—. Cuando hablé con él ayer, no mencionó nada sobre salir de viaje.
Robert se encogió de hombros con una sonrisa evasiva.
—Tal vez se le olvidó.
Cassie, que había estado escuchando en silencio, se sintió ligeramente confundida. Recordaba un poco los hermanos del esposo de su hermana mayor, pero solo los había visto el día de la boda de esta. Había estado tan poco interesada que no le había visto bien las caras a estos. Así que Cassie trató de pensar en quien era Chris exactamente. Lo que no entendía era, ¿qué había de interesante en él como para que su padre insistiera tanto en el tema?
—Ya lo llamaré para hablar con él —concluyó Jefferson, claramente insatisfecho con la respuesta.
—Eso será lo mejor —admitió Robert, pero entonces su mirada se dirigió hacia Cassie, quien sintió cómo una inexplicable tensión se colaba en el ambiente. Había algo en la seriedad de su expresión que la inquietó, aunque no supo definir por qué.
En ese momento, Robert se puso de pie.
—Será mejor que me marche —dijo Robert abruptamente.
—Pensé que te quedarías a cenar y que luego podríamos hablar un poco —protestó su padre con un tono más hospitalario.
—Sí, pero recordé que tengo asuntos pendientes —replicó Robert. Aunque su tono era despreocupado, su expresión traicionaba un ligero nerviosismo.
Cassie no pudo evitar preguntarse qué estaba ocurriendo realmente.
¿Por qué el hombre parecía tan ansioso por irse? Y, más importante, ¿por qué había venido en primer lugar? Para colmo, su madre había permanecido distante durante toda la conversación, sentada en un rincón con una expresión de tristeza que solo la hacía sentir más confundida.
Cuando Robert se marchó acompañado por su padre, las sospechas de Cassie aumentaron. Algo estaba pasando, algo grande, y nadie parecía dispuesto a decirle qué era.
Justo entonces, las gemelas Brianna y Shanna entraron en el salón, radiantes como siempre. Shanna se acercó a Cassie con entusiasmo, tomándola del brazo.
—¿Viste qué guapo era? —dijo con ojos brillantes.
Cassadee se rio, incapaz de contenerse. Claro que había notado lo atractivo que era Robert. Incluso ella, que tenía un alto estándar de cinismo hacia los hombres, no podía negarlo.
—Sí, se ve muy bien —admitió, intentando sonar casual.
—¿Bien? ¡Es guapísimo! —exclamó Shanna, casi saltando de la emoción.
Las gemelas comenzaron a intercambiar opiniones sobre Robert, completamente absortas en su conversación, pero Cassie las ignoró. En lugar de eso, fijó su atención en su madre quien permanecía callada mientras tenía una expresión preocupada.
Cuando decidió levantarse para acercarse, su padre apareció de repente, bloqueando su camino con una expresión severa.
—Te quedas ahí —ordenó con un tono que no dejaba lugar a discusión.
Cassie volvió a sentarse de mala gana, fulminándolo con la mirada.
—No entiendo por qué estás tan rebelde últimamente —le espetó Jefferson, señalándola con un dedo acusador—. Ese hombre es uno de los Bryant y te comportas como una niña maleducada. Va a pensar que no te hemos enseñado modales.
—¡No hice nada! —protestó Cassie, sintiendo cómo la indignación comenzaba a hervir dentro de ella.
—Tú nunca haces nada—replicó su padre con sarcasmo—. Te quiero el lunes en mi despacho, temprano.
—¿Es una orden? —preguntó ella, levantando el mentón con desafío.
—¡Sí! —respondió Jefferson, lanzándole una mirada gélida antes de marcharse.
Cuando la puerta del estudio de su padre se cerró con fuerza, su madre se acercó, acariciándole el cabello con gesto maternal.
—No le hagas caso—murmuró Alice con una sonrisa cansada.
—¿Qué está pasando, mamá? —preguntó Cassie, intentando encontrar respuestas en los ojos de su madre.
Alice negó con la cabeza, esquivando la pregunta.
—Solo… escúchalo esta vez. Haz lo que dice tu padre, por favor —le pidió, antes de retirarse para ir detrás de su esposo. Las gemelas intercambiaron miradas con ella y se encogieron de hombros para luego ir hacia las escaleras, desapareciendo en estas.
Cassie se quedó sola en el salón, sintiendo cómo las piezas del rompecabezas giraban en su mente sin encontrar un lugar al que pertenecer. Había algo más detrás de todo esto, algo que su familia no quería decirle. Y, de alguna manera, estaba segura de que Robert Bryant era parte de ello.
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*—Chris:
Habían pasado varios minutos desde que aterrizó el avión y Christopher Bryant caminaba junto a su asistente hacia el vehículo privado que ya lo esperaba.
El día había sido extenuante, y su cuerpo lo sentía. La espalda le dolía, y el cansancio acumulado tras un fin de semana revisando informes y proyectos pesaba como una losa. Debería haber estado descansando, disfrutando de un poco de paz, pero el trabajo siempre tenía la última palabra. Soltó un suspiro de resignación al recordar que, en lugar de ir directo a su cama y perderse entre las sábanas, tenía que asistir a una reunión urgente con un hombre que, en su opinión, era un completo imbécil.
Cuando llegaron al auto, el chofer abrió la puerta trasera con eficiencia. Chris se deslizó al interior, seguido de su asistente, Tiffany, quien se sentó a su lado con una Tablet en las manos. Apenas se acomodó en el asiento, recostó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos por unos segundos mientras sentía cómo el auto arrancaba suavemente.
Si hubiese sido cualquier otro asunto, habría cancelado sin pensarlo dos veces y habría puesto rumbo directo a su apartamento, pero con Jefferson McKay, un socio clave en los negocios familiares, no podía darse ese lujo.
—Señor —la voz de Tiffany interrumpió sus pensamientos, obligándolo a abrir los ojos.
Giró la cabeza hacia ella, arqueando una ceja. Esperaba que no le soltara otra bomba como una reunión inesperada o un cambio de horario. No tenía ni la paciencia ni las fuerzas para más.
—¿Qué pasa? —preguntó, con un tono más seco de lo que pretendía.
La mujer le mostró una sonrisa educada antes de responder:
—Podemos llamar al señor McKay y reprogramar la reunión, si lo desea.
Por un instante, la idea fue tentadora, pero Chris negó con la cabeza casi de inmediato.
—No importa. Mientras más temprano salga de esto, mejor —expresó con firmeza, consciente de que la reunión con el señor McKay era crucial. Aquella negociación era la llave para que sus planes finalmente comenzaran a despegar.
—¿Está seguro? —insistió Tiffany, con una mezcla de preocupación y cautela en la voz.
Chris soltó un resoplido, acompañado de una sonrisa irónica. Claro que estaba seguro. Nunca en su vida había tenido tanta claridad sobre lo que debía hacer. Esto no era opcional; era un paso indispensable, y no había margen para fallas.
—Ya lo he dicho —murmuró, con los ojos cerrados nuevamente.
El auto volvió a sumirse en un cómodo silencio, pero su asistente no tardó en romperlo otra vez:
—¿Está bien? No parece estarlo, señor.
Chris entreabrió los ojos y dirigió una mirada escéptica hacia ella. Aquel comentario lo tomó por sorpresa, aunque no del todo. Sabía que su aspecto no era el mejor en ese momento. Los días sin dormir bien, las reuniones interminables y el estrés acumulado habían dejado su huella. Bajó la mirada hacia el dispositivo electrónico que ella sostenía y, sin querer, sus ojos se desviaron hacia el escote que asomaba tras los botones abiertos de su blusa.
Una media sonrisa se dibujó en sus labios. Si no estuviera tan agotado, probablemente la situación habría escalado de otra forma.
—Solo tengo sueño —respondió con sinceridad, reprimiendo un bostezo.
—¿Por qué no intenta descansar un poco, señor? —sugirió la mujer, inclinándose ligeramente hacia él—. Podría tomar una pequeña siesta. Aquí.
Chris levantó la mirada hacia su rostro con curiosidad, notando cómo se señalaba el regazo. Un gesto demasiado evidente. Arqueó las cejas, divertido, y dejó escapar una suave risa.
—¿Estás segura de que no te molesta? —preguntó con tono juguetón, aunque ya sabía la respuesta.
Tiffany negó con la cabeza rápidamente.
—Para nada, señor. Necesita descansar.
Sin más preámbulos, Chris se acomodó y recostó la cabeza en el regazo de su asistente. Cerró los ojos, dejando que el constante ronroneo del motor y la comodidad del asiento lo envolvieran en un capullo de tranquilidad. Apenas un instante antes de sucumbir al sueño, su mente divagó hacia lo que le deparaba el futuro.
Esta vez, los planes que tenía cuidadosamente preparados no solo eran ambiciosos, sino también inevitables. Estaba decidido a llevarlos a cabo, sin importar los obstáculos.
Cuando me di cuenta de esto, comprendí al fin. La que realmente odiaba no era a Catalina, ni a su madre, sino a mi padre, que había cambiado. Pero bajo la presión constante, nunca me atreví a decir que todo era culpa de ese padre voluble. Quería redimirme. Sin embargo, al ver esos ojos tristes y vacíos, no sabía qué decir.Comencé a estudiar con ahínco la gestión del negocio familiar, deseando tomar el control del grupo de mi padre. Pero él decía que primero debía casarme para heredar el negocio. Afortunadamente, encontré a la persona adecuada: una joven adinerada que ya tenía a alguien que le gustaba y quería un matrimonio de conveniencia para hacer frente a la presión familiar.Sin embargo, en mi boda, no vi a Catalina. Irene me dijo que había muerto, y solo sentí que era absurdo. ¿Cómo podría Catalina estar muerta?Pasó un mes, dos meses... medio año. El hijo de Irene ya había nacido, y Catalina aún no regresaba.Me sentía cada vez más inquieto y quería saber de Catalina. Pero mi pa
Yo ya había muerto. Si me lo hubieran dicho antes de morir, tal vez podría haber hecho las paces con él y no habría tenido remordimientos en mi vida. Pero ya estaba muerta. Ya no necesitaba esa expresión de profundo amor que él mostraba.No sé cuánto tiempo estuvo Daniel murmurando frente a mi tumba. Solo recuerdo que la oscuridad iba apoderándose del cielo y él aún no quería irse. Sin embargo, parecía que yo iba a desaparecer. Noté que mi cuerpo se volvía cada vez más transparente y vi el camino de flores de Muerto. Al otro lado del cielo, había una niña con dos coletas. Ella parecía estar llamándome mamá.Mi cuerpo comenzó a flotar sin control hacia un lugar brillante, y en mis oídos resonaba el grito histérico de Daniel.No pensé en volver. No le debo nada a Daniel. Pero el amor puede nublar el juicio. Amé a Daniel durante tantos años. Esta vez, solo quiero amarme a mí misma, amar a mi hijo que no llegó a nacer.Así que, adiós, Daniel.No volveremos a vernos.(Epílogo de Daniel)¿Qu
Al terminar, dejó de prestar atención al desolado Daniel y corrió hacia el dormitorio para calmar al niño que se había despertado asustado.Pero ni Irene ni yo esperábamos que Daniel entrara también. Observó al bebé en brazos de Irene y forzó una leve sonrisa.—Es muy lindo, ¿ya le pusieron nombre?—No hables tonterías. No te diré nada sobre Catalina.Irene lo miró con desconfianza.—¿No te da miedo que te odie por no haber ido a ver a Catalina en estos meses?La voz de Daniel sonaba grave y cargada de una locura enfermiza. —Dime, ¿dónde has enterrado a Catalina?Su aire normalmente aristocrático se tornó de repente en algo amenazante. El bebé en brazos de Irene pareció percibirlo y comenzó a llorar aún más fuerte. El llanto agudo y penetrante hizo que Daniel recuperara el sentido.—Lo siento, no era mi intención. Solo quería ver a Catalina.Intentó acercarse para abrazar al adorable bebé, pero Irene retrocedió instintivamente, su mirada llena de inquietud.16.Irene finalmente cedió.
Daniel estaba atónito; después de tantos años, era la primera vez que su padre le hablaba sobre su nuevo matrimonio. Su padre le explicó que su relación con la madre de Daniel había sido un matrimonio de conveniencia, sin amor. Cuando su madre encontró el amor verdadero durante un viaje al extranjero y pidió el divorcio, su padre accedió. Sin embargo, para que Daniel, que entonces tenía solo diez años, pudiera tener una familia completa, decidieron seguir aparentando estar juntos. Fue después de eso que su padre conoció a mi madre, y así terminó su matrimonio sin sentido.Al escuchar las palabras de su padre, los ojos de Daniel se enrojecieron, apretando los dientes mientras intentaba buscar signos de mentira en la expresión de su padre. Lamentablemente, parecía que había fracasado. La primera conversación sincera con su propio padre le había caído como un balde de agua fría.—Entonces, ¿mi madrastra te conoció cuando ya te habías divorciado de mi madre?Su padre asintió con incomodida
—¿Así que todavía no me crees? —Irene inclinó la cabeza y sonrió trágicamente—. Si realmente no lo crees, entonces simplemente piensa que se fue al extranjero.Las personas son contradictorias. Irene intentaba que Daniel aceptara la realidad de mi muerte, mientras él se aferraba a la idea de que era una maniobra de nuestra parte. Pero cuando Irene dejó de intentar convencerlo, él se le llenaron los ojos de lágrimas.—Irene, ¿estás mintiendo?—Sí, considérame una mentirosa, al fin y al cabo, tú no crees nada.Irene no quería seguir explicando, estaba cansada. Durante este tiempo, ocupada con mis asuntos finales, su rostro, que antes había ganado un poco de redondez por el embarazo, se había vuelto mucho más delgado. Se dio la vuelta para marcharse, pero Daniel la agarró fuertemente por la muñeca.—¡Suéltame!—¡No! Si no me aclaras lo de Catalina, hoy no te vas a ir —Daniel hablaba con una voz temblorosa, su respiración comenzaba a acelerarse.—Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Nu
—¿Dónde está Catalina? ¿No viene a mi boda?Siempre supo cómo contener su desagrado. Frente a su padre, siempre era ese hermanastro amable conmigo, y con mi madre, el hijastro cortés y educado.—¿Catalina? No me ha respondido. ¿No te parece extraño que se haya ido al extranjero sin avisar y no haya hecho ni una sola llamada? —la preocupación era evidente en el rostro de mi madre, pero luego se acordó de que era la boda de Daniel y rápidamente añadió—. Sin embargo, Irene me dijo que Catalina está muy ocupada, ¡incluso ha sido elegida por un profesor para un nuevo proyecto!Observé la alegría en el rostro de mi madre y esbocé una pequeña sonrisa. No sabía cuánto tiempo podría durar esta mentira, pero un poco más, solo un poco más, ya era suficiente.—¿De verdad? Yo había pensado en pedirle a Catalina que fuera mi dama de honor, pero ni siquiera me responde los mensajes —el hombre, con el cabello desordenado cubriendo sus ojos, sonaba decepcionado.Mi madre se apresuró a defenderme, temie










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