Cuando Roberto llegó a Lumeria, la mañana ya estaba avanzada. Había hecho en menos de tres horas un trayecto de cuatro. Durante el camino llamó a Miranda tantas veces que perdió la cuenta, pero solo recibió la misma respuesta automática.Recordó que, antes, si apagaba el celular media hora, ella buscaba a todas las personas que lo conocían. Era capaz de irrumpir por la fuerza en una sala de reuniones, bloquearle el auto o esperar toda la noche frente a la empresa. Ahora era él quien llamaba una y otra vez sin obtener respuesta.El asiento del copiloto estaba vacío, pero creyó ver a Miranda la noche del cumpleaños. No le había quitado el collar a Carolina, ni había tirado el pastel, ni le había exigido un regalo. Solo le había preguntado si recordaba que ese día también cumplía años ella.Él le había dicho que le daría su regalo otro día. Ella había negado con la cabeza y había dicho que no hacía falta. En aquel momento, Roberto había creído que se hacía la indiferente para que él la bu
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