Al volver a casa, dejé el acuerdo de divorcio firmado sobre el escritorio. En cuanto Roberto leyó el contenido, su expresión se ensombreció.
—¿Todo el espectáculo de hoy era para esto?
—Firma.
Pasó a la última página y leyó las cláusulas sobre la división de bienes. Su mirada se volvió aún más fría: la casa, el auto, las acciones… Yo no pedía nada.
Rompió el acuerdo en dos.
—Cuando me obligaste a casarme contigo, ¿no juraste que estaríamos juntos mientras vivieras? ¿Ahora vas a usar el divorcio para presionarme?
Sí lo había dicho. El día de nuestra boda, al ponerle el anillo, declaré delante de todos:
—Mientras yo viva, nadie va a quitarme a Roberto.
Los dos lo recordábamos. Pero yo ya no estaba dispuesta a seguir cumpliendo una promesa que solo me hacía daño.
—No estoy intentando presionarte. —Me quité el anillo y lo dejé sobre la mesa—. Si no firmas, presentaré la demanda. Esta noche me voy de todos modos.
Se quedó mirando el anillo.
—¿Otra vez te vas a ir de casa?
En siete años me había ido de casa once veces. La ausencia más corta duró dos horas; la más larga, tres días. Siempre dejaba pistas a propósito para que me encontrara. Una vez, cuando no apareció, lo esperé en el hotel hasta la madrugada y terminé llamándolo yo para insultarlo.
Por eso Roberto estaba convencido de que nunca podría irme de verdad.
—¿Cuántos días piensas esconderte esta vez? —preguntó con burla.
Lo miré y respondí en voz baja:
—Un poco más.
En ese momento sonó el celular. A Carolina le había empezado a doler el vientre y la habían llevado otra vez al hospital. Roberto tomó su abrigo y se marchó. Al pasar a mi lado, se detuvo un instante.
—Espérame en casa. Hablamos del divorcio cuando vuelva.
Antes, si él decía que iba a volver, yo lo esperaba: hasta que la comida se enfriaba, hasta que amanecía, hasta que llegaba impregnado del olor a desinfectante de la habitación de Carolina.
Esta vez también asentí. Él pareció satisfecho. Hasta me rozó la cara con la mano.
—Deja de hacer escenas.
Retiró la mano enseguida.
Me quedé frente a la ventana hasta que su auto desapareció en la oscuridad. Después saqué la maleta que ya tenía preparada. Las joyas, los vestidos y los bolsos que me había regalado estaban ordenados en el vestidor. En la maleta solo guardé mis pinceles y los analgésicos. Dejé aparte la carta de amor que había conservado durante siete años, aquella en la que Roberto le rogaba a Carolina que se fuera con él.
Antes de salir, dejé sobre el escritorio la carta, el anillo y otra copia del acuerdo de divorcio. Roberto decía que yo había robado lo que le pertenecía a Carolina. Ahora se lo devolvía.
A las cinco de la mañana subí a un tren rumbo a la ciudad de Lumeria. Cuando Roberto llamó por primera vez, el tren acababa de ponerse en marcha. Después me mandó un mensaje:
«Vuelve cuando termines con tu berrinche».
Poco después llegó otro, más impaciente:
«No tengo tiempo para tus jueguitos».
Miré la pantalla durante un largo rato y apagué el celular. Al otro lado de la ventana, la ciudad que conocía quedaba atrás a toda velocidad.
Recordé mis veintidós años, cuando lo había abrazado vestida de novia y le había dicho:
—No voy a soltarte en toda mi vida.
Qué arrogante había sido. Creía que, si lograba quedármelo, sería para siempre. Ahora, por fin, estaba dispuesta a dejarlo ir. Roberto debería estar contento.
En el centro de cuidados paliativos de Lumeria ya tenían una habitación preparada para mí. El médico había dicho que, en el mejor de los casos, me quedaban tres meses; quizá ni siquiera llegara al mes.
Roberto siempre decía que sin él no duraría ni tres días. Lo que no sabía era que de verdad me quedaba poco tiempo, y yo no quería pasarlo esperándolo.