Cuando Roberto llegó a Lumeria, la mañana ya estaba avanzada. Había hecho en menos de tres horas un trayecto de cuatro. Durante el camino llamó a Miranda tantas veces que perdió la cuenta, pero solo recibió la misma respuesta automática.
Recordó que, antes, si apagaba el celular media hora, ella buscaba a todas las personas que lo conocían. Era capaz de irrumpir por la fuerza en una sala de reuniones, bloquearle el auto o esperar toda la noche frente a la empresa. Ahora era él quien llamaba una