Capítulo 3
Al día siguiente fui al hospital. Mis padres estaban en la habitación. Roberto estaba junto a la cama de Carolina, con los resultados de sus estudios médicos en la mano. Álvaro seguía de viaje, así que Roberto se había encargado de hablar con el médico sobre los cuidados que necesitaba.

En cuanto me vio, Carolina se protegió el vientre. Fue un movimiento leve, pero lo bastante claro para que todos lo notaran. Mi madre se interpuso entre las dos.

—¿Para qué viniste?

—A pedir perdón —respondí, dejando el regalo.

Mi madre se quedó desconcertada. Mi padre me reprendió, serio:

—Carolina lleva toda la vida cediéndote todo y ahora casi le haces perder al bebé. ¿Cuándo vas a madurar?

Miré a Carolina, pálida y frágil en la cama, rodeada de personas pendientes de ella. Ella también me estaba mirando.

—No culpes a Miranda, papá. El estudio era su lugar favorito y Roberto no le preguntó. Es normal que se haya enojado.

Sus palabras sonaban a defensa, pero yo ya no podía escucharlas sin desconfiar.

Tal como esperaba, la expresión de Roberto se endureció aún más.

—Yo decidí desmantelar el estudio. No tenías por qué desquitarte con ella.

Miré a Carolina.

—Perdón.

La habitación quedó en silencio. Mi madre probablemente jamás había imaginado que un día me escucharía disculparme. A Carolina se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Miranda, no hagas esto. Me asustas.

Casi me dieron ganas de reír. Le asustaba que rompiera cosas. Ahora hasta mis disculpas le daban miedo. Bastaba con ser yo misma para que todo lo que hiciera estuviera mal.

Saqué de mi bolso los documentos para cederle mis acciones.

—Son las acciones que me dejó la abuela. Ya firmé. Te las regalo.

Carolina se quedó inmóvil. Mi madre tomó enseguida los papeles.

—¿Qué quieres a cambio esta vez?

Su expresión desconfiada me recordó mi cumpleaños número dieciséis. Carolina quería el vestido que yo había elegido para mi fiesta de presentación en sociedad, pero yo no quería dárselo. Mi madre me encerró en mi cuarto, se llevó el vestido e intentó convencerme con dulzura:

—Tal vez a Carolina no le queden muchos cumpleaños. Cédeselo.

Después, Carolina cumplió dieciocho, veinte y hasta veintinueve años. Y yo moriría antes que ella.

—No quiero nada a cambio.

Mi padre revisó los documentos. Cuando comprobó que no había ningún problema, por fin se le suavizó la expresión.

—Si es tu manera de compensarla, que las acepte.

Pero Carolina miró a Roberto.

—¿Puedo aceptarlas?

Eran mis cosas, pero se lo preguntaba a mi esposo.

Él no contestó enseguida. Se quedó mirándome.

—¿Qué pretendes?

—¿No dices siempre que ella me ha cedido todo? Pues se lo voy a devolver, una cosa a la vez.

Frunció el ceño, como si por primera vez no lograra entenderme. Al final Carolina firmó. Mi madre me tomó la mano, satisfecha.

—Por fin estás madurando.

Miré su sonrisa y sentí más dolor en el pecho que en el estómago. Era la primera vez en mis veintinueve años que mi madre me elogiaba. Y lo hacía porque acababa de entregarle a Carolina lo último que me quedaba. Así de fácil era ser una buena hija para ella: bastaba con no querer nada.

A Carolina le dieron el alta esa tarde. Esa noche celebramos nuestro cumpleaños en un restaurante decorado con sus rosas blancas favoritas. En el pastel solo figuraba su nombre.

De niñas sí habíamos tenido pasteles con los dos nombres. Cuando cumplimos diez años, soplé las velas antes que ella. Ella se alteró, sufrió una crisis y mi padre me dio una bofetada. Desde entonces mi nombre nunca volvió a aparecer en el pastel.

Mi madre siempre decía:

—Tú tienes salud. No pasa nada si no te celebramos el cumpleaños.

Al cumplir veintinueve, no recibí nada. Roberto, en cambio, le regaló a Carolina un collar de diamantes rosados.

Ella no lo aceptó enseguida.

—Hoy también es el cumpleaños de Miranda.

—Es por el bebé —respondió él, como si con eso bastara.

Solo entonces ella se apartó el cabello y dejó que Roberto le abrochara el collar. El collar quedó sobre su pecho. Él le acomodó el cabello con una naturalidad que parecía fruto de haberlo hecho incontables veces.

Yo recordaba ese collar. Tres meses antes lo había marcado con un círculo en un catálogo de subastas y había dejado el catálogo en el lugar más visible de su escritorio. Hasta le había insistido:

—¿Me lo regalas para mi cumpleaños? ¿Sí?

No había respondido. Ahora entendía que sí lo había visto; simplemente no quería regalármelo a mí.

Carolina me miró con inquietud. Los demás también esperaban que yo estallara. Levanté mi copa hacia ella.

—Es muy bonito.

Roberto se quedó inmóvil un instante. Mi padre suspiró, aliviado. Mi madre sonrió y dijo que por fin estaba madurando. Solo Roberto siguió mirándome.

Quizá también le extrañaba. Antes, por quedarme con un collar, yo era capaz de arrancárselo a Carolina delante de todos y dejar las piedras esparcidas por el suelo. Ahora solo quería recordar cómo Roberto le había abrochado el collar a Carolina. Así, cuando me fuera, ya no podría engañarme pensando que en el fondo me quería un poco.

Pusieron el pastel con las velas frente a Carolina. Ella me tomó de pronto la mano.

—Miranda, pidamos un deseo juntas.

Aparté la mano.

—No tengo ningún deseo.

Se le humedecieron los ojos otra vez. Mi madre me miró con reproche.

—Carolina te está invitando a pedir un deseo con ella. Lo hace con buena intención. No la hagas sentir mal hoy.

No di explicaciones. Quería vivir y quería que Roberto me amara. Soplar unas velas no iba a hacer realidad ninguno de esos deseos.

Después de soplar las velas, Carolina se acercó a Roberto, sonriente. Cerré los puños, pero no pude evitar preguntar:

—Roberto, ¿te acuerdas de que hoy también es mi cumpleaños?

Las risas cesaron. Él me miró. Era evidente que no había pensado en celebrarme a mí. Tardó unos segundos en responder:

—Otro día te doy tu regalo.

Antes se lo habría exigido. Le habría pedido que volviera a casa conmigo, que no mirara más a Carolina, que le quitara el collar. Esa vez negué con la cabeza.

—No hace falta. Ya me diste lo que más quería.

—¿Qué?

—Ser tu esposa. Pero ya no quiero serlo.

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