Después de que mis padres se fueron, Roberto siguió esperando afuera. Mi madre debió de decirle algo, porque de pronto entró, sin hacer caso a la enfermera que intentaba detenerlo.
—¿No lo sabían?
No respondí.
—¿Nadie de tu familia sabía que estabas enferma?
—Ahora ya lo saben.
Se acercó a la cama.
—¿Por qué no se lo dijiste?
—¿De qué habría servido? —Cerré los ojos—. ¿Para que me pidieran morir sin hacer ruido y no asustar a Carolina?
Movió los labios, pero no logró decir nada. Mi celular sonó