—¡Keelen! —exclamó ella, arqueando la espalda, sus dedos enredándose en mi cabello con una fuerza desesperada.
Bajé una de mis manos, deslizándola por su vientre, recorriendo las curvas que ella tanto había temido mostrar y que yo adoraba con devoción. Cuando mis dedos llegaron a su centro, húmedo y cálido, Eira soltó un sollozo ahogado. Empecé a masturbarla con un ritmo lento, tortuoso, conociendo cada rincón de su placer como si fuera el mapa del yacimiento más valioso del mundo.
—Dime que me