(NARRADO POR EIRA)
Ahí estaba yo, sentada en el borde de la cama, mirando mi pluma de insulina como si fuera un artefacto de una civilización hostil que intentara invadir mi cuerpo todas las mañanas. El sol de Atenas seguía brillando con una alegría que me parecía casi ofensiva considerando que estaba a punto de empezar mi "nueva vida fit".
Keelen, que finalmente se había dignado a ponerse unos pantalones cortos de algodón —que le quedaban tan bien que seguían siendo una distracción criminal—,