Capítulo 4
Renata agarró a Catalina del pelo y le hundió la cara en el pastel de bienvenida.

—¡Ah!

Catalina gritó. Tenía el rostro cubierto de crema y los ojos le ardían. La humillación y el dolor eran los mismos que había sufrido Renata años atrás, cuando Catalina le había metido la cabeza en un bote de basura.

El salón quedó en absoluto silencio. ¡Nadie esperaba que una chica tan dócil como Renata reaccionara así!

Solo ella conservaba una sonrisa impecable.

—Sí que es divertido. Pero ¿por qué ya no se ríen?

Nadie supo qué responder.

—¡Renata!

Martín quiso intervenir en defensa de Catalina, pero Joaquín lo detuvo con la mirada.

—Ya basta. Hagan sus locuras entre ustedes, pero dejen a mi esposa fuera de esto.

Joaquín rodeó a Renata con el brazo, cariñoso.

—Tienes la ropa mojada. Te vas a resfriar. Volvamos a casa para que te cambies.

Ella tampoco quería quedarse. Durante el camino, Joaquín condujo muy rápido y Renata miró por la ventana en silencio, deseando llegar cuanto antes.

De pronto, una moto apareció en sentido contrario. Joaquín giró bruscamente el volante para esquivarla y el auto se estrelló contra un árbol junto a la carretera.

Gracias al cinturón, él salió ileso. Renata, en cambio, salió despedida, rodó varias veces por el asfalto y cayó en una zanja llena de aguas sucias.

El agua salpicó con fuerza. Quedó empapada y cubierta de suciedad maloliente; al atragantarse con el agua, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Intentaba levantarse cuando oyó los clics incesantes de una cámara. Un periodista con el rostro cubierto por una mascarilla la estaba fotografiando.

—¡No todos los días se ve a la esposa de Joaquín Ortega haciendo el ridículo!

—¡Deja de tomar fotos! —ordenó Joaquín al llegar—. ¡Baja esa cámara o me encargaré de que no vuelvas a trabajar en ningún medio!

Tras la amenaza, el periodista dejó caer la pesada cámara sobre la cabeza de Renata y huyó.

Un dolor brutal la atravesó y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, sintió que la cabeza le iba a estallar. Vio el techo de una habitación de hospital y escuchó voces al otro lado de la puerta.

—Hay que reconocerle el talento a Joaquín. Manipuló el cinturón y la puerta, provocó el choque justo donde quería y consiguió que ella acabara en esa zanja. ¡Qué precisión!

—Martín tampoco se quedó atrás. Se disfrazó de periodista y la dejó inconsciente de un golpe. ¡Vaya manera de vengar a Catalina!

—Le salió barato —replicó Martín con frialdad—. Si no fuera porque todavía nos sirve, le habría devuelto cien veces el daño que le hizo a Catalina, ahí mismo.

Joaquín soltó una risa desdeñosa.

—Bueno, váyanse. Me toca entrar a actuar.

La puerta se abrió. Renata cerró los ojos y fingió seguir inconsciente.

Joaquín se sentó junto a ella. Al cabo de un momento, le apartó suavemente un mechón de la frente. Sus dedos tibios acariciaron el contorno de sus ojos y sus cejas.

Renata se tensó por instinto. Si él creía que seguía dormida, ¿para quién estaba fingiendo tanta ternura?

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