Renata se dio la vuelta y se fue. El ascensor empezó a bajar en cuanto se cerraron las puertas.Apenas salió del edificio, alguien la embistió por detrás y la derribó. Al caer, se golpeó la nuca contra la pared. Jadeó de dolor y, al levantar la cabeza, vio a Joaquín con el celular en la mano y una expresión de urgencia.—Catalina, espérame.Colgó, subió a su auto deportivo y pisó el acelerador. El motor rugió y el auto se alejó.¡El hombre que decía amarla la había derribado sin siquiera darse cuenta!Con una amarga opresión en el pecho, Renata tomó un taxi y lo siguió. Quería ver quién era aquella Catalina a la que él adoraba tanto.Cuando bajó frente a la estación de policía, vio a la mujer que Joaquín protegía a unos pasos de allí. Abrió los ojos, incrédula.Era Catalina Ortega, la chica que la había acosado en la secundaria y le había provocado tantas pesadillas.Todo había empezado porque alguien había dicho que Renata era bonita. Desde entonces, Catalina no la había dejado en paz
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