El golpe final vino con la muerte de su abuelo. El paro cardíaco lo fulminó en cuestión de minutos. Heisel lo sintió como una daga: No solo habían perdido el patrimonio, también al pilar de la familia.
El funeral fue desolador. Solo los más allegados acudieron, y la mayoría se acercó a despedirse con pesar… pero con excusas.
— No podemos ayudarlas — Les dijeron uno tras otro — Si lo hacemos, Don Darío nos destruirá también —
Heisel, con el corazón hecho trizas, comprendió la magnitud del daño. Su apellido había quedado marcado para siempre.
— Don Miguel, necesitamos que nos ayude — Dijo Yerlin con desesperación, casi al borde de las lágrimas.
— No puedo hacer eso, Yerlin — Don Miguel suspiró con pesadez, arrastrando las palabras como quien carga una cruz — Don Darío también está destruyendo mis negocios, prácticamente me dejó con la mitad de mis acciones. De hecho, debo ir a conversar con él y ver qué dice… ya no hay nada que nos vincule —
Katty cerró los puños con rabia — Lo odio… to