El santuario quedó en silencio después de que la luz del altísimo se desvaneció.
Era un silencio vivo… cargado.
El aire ardía con algo que no era santo ni profano.
Eran ellos.
Liyeth seguía sosteniendo a jaik, pero su cercanía ya no era solo protección.
Había un calor nuevo, tenso, que vibraba entre sus almas unidas. El vínculo entre un mortal y una celestial.
Jaik levantó la cabeza, aún apoyado en su pecho.
Su respiración rozó la piel del cuello de ella y liyeth tembló como si le hubieran tocado un nervio directo al alma.
—liyeth… —susurró él, con la voz grave y rota por el dolor—. No me sueltes.
Ella tragó duro.
—no puedo —respondió sinceramente—. El vínculo… no me deja.
Pero no era solo el vínculo. Era él.
Ese cuerpo cálido contra el suyo, esa mirada oscura, tentadora, la humanidad que brillaba incluso después de haber sido arrancado de su demonio interior.
Jaik deslizó su mano por su costado, apenas un roce, pero suficiente para que sus alas se erizaran. (Noto que la marca demon