El portal los tragó sin aviso y los vomitó en un torbellino de luz y sombras que no pertenecían ni al cielo… ni al infierno.
Liyeth cayó de pie, sus alas abiertas, respirando fuerte. Jaik cayó de rodillas, jadeando, temblando… porque ya no estaba solo dentro de sí. Su yo demoníaco —el príncipe del infierno— emergió frente a ellos. No como una sombra. No como un reflejo.
Como un ser completo, separado de Jaik, liberado por la fractura del portal.
Tenía los mismos ojos… pero llenos de hambre