La luz que arrancó a liyeth del santuario no era tránsito.
Era destierro.
Cayó de rodillas en una explanada infinita suspendida en el vacío, donde no existía cielo ni suelo, solo un resplandor blanco y severo que lo observaba todo. El tribunal extra-angelical se alzaba ante ella: círculos concéntricos de tronos flotantes ocupados por entidades antiguas, anteriores incluso a las alas.
No tenían nombre.
Solo juicio.
Las cadenas de luz seguían atadas a sus muñecas, ardiendo con cada latido de su c