Volvía a colocarse un nuevo esmoquin color rojo y solapas negras, con un corbatín a juego. Aunque no tenía ni una pizca de humor ni voluntad, lo hacía por la imagen del día, como uno de los hombres más poderosos de esa noche.
Iría a la inauguración de un nuevo hotel exclusivo cinco estrellas de uno de sus amigos; colega de negocios y excompañero de la universidad. No podía faltar.
Habían emprendido juntos en diferentes direcciones y prosperado de manera radical con sus estrategias. También con