El silencio se prolongaba mientras se contenían toda clase de pensamientos.
—Sabes que no haré nada que no quieras, ¿verdad? —le preguntó cortando el mutismo sin dejar de mirarla a los ojos.
—Sí, creo que lo sé —aseveró removiéndose en la silla.
—Bien. Entonces no quiero que te pongas nerviosa cuando estés conmigo.
—Es un poco difícil— sonrió sonrojándose acomodándose las arrugas invisibles del vestido.
—¿Por qué? —dijo levantando una ceja y media sonrisa.
—Porque no dejas de mirarme.
—Estas he