XXXIX B

Lentamente alzó la vista para encontrarse con un hombre con las manos en los bolsillos mirándola con una emoción que no sabía cómo descifrar. Sus labios no demostraban su típica sonrisa bravucona ni una dura línea de atisbos de ira. Se miraron por largos segundos hasta que la voz del joven los interrumpió.

—Buenas noches, señor. Lamento que haya llegado tarde —saludó de manera cordial y contento al ver la cantidad de dinero que había depositado—. Es usted muy generoso.

Kelly notó que no apartab
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