Me la entregaron envuelta en una manta blanca, tibia, demasiado pequeña para todo el ruido que había hecho su llegada. La enfermera sonrió con esa emoción que yo no lograba imitar y la acomodó en mis brazos como si estuviera depositando algo sagrado.
—Aquí tiene a su hija, señor Evans.
Asentí, rígido. Bajé la mirada. La observé con detenimiento, buscando algo… lo que fuera. Un estremecimiento. Una chispa. Un golpe en el pecho. Pero no llegó nada. Solo silencio.
Era una bebé arrugada, roja, frágil. Demasiado humana. Demasiado real.
—Es hermosa —comentó la enfermera.
No respondí. No podía decir lo que pensé, porque ni siquiera yo entendía por qué esa palabra no encajaba en mi cabeza.
La sostuve con cuidado, con corrección, como si fuera un objeto valioso que no debía romperse, pero no como algo que me perteneciera.
—¿La sientes? —preguntó Sara desde la cama, agotada pero expectante—. ¿No es increíble?
La miré. Ella tenía los ojos brillantes, llenos de algo que yo no tenía.
—Sí… —mentí—.