Me la entregaron envuelta en una manta blanca, tibia, demasiado pequeña para todo el ruido que había hecho su llegada. La enfermera sonrió con esa emoción que yo no lograba imitar y la acomodó en mis brazos como si estuviera depositando algo sagrado.
—Aquí tiene a su hija, señor Evans.
Asentí, rígido. Bajé la mirada. La observé con detenimiento, buscando algo… lo que fuera. Un estremecimiento. Una chispa. Un golpe en el pecho. Pero no llegó nada. Solo silencio.
Era una bebé arrugada, roja, frág