Ese día pasé horas frente al teléfono enviando solicitudes para inscribir a mis hijas en el mejor colegio de la ciudad, y cada formulario me hacía sentir que estábamos dando un paso más hacia la vida que siempre soñé para ellas.
A las cuatro de la tarde vibró mi móvil y, al ver la notificación de la entrevista socioeconómica, mi estómago se apretó, aunque me repetí que podíamos lograrlo; era el colegio más costoso de la ciudad, pero mis hijas merecían lo mejor.
Leí una y otra vez la condición