Ese día pasé horas frente al teléfono enviando solicitudes para inscribir a mis hijas en el mejor colegio de la ciudad, y cada formulario me hacía sentir que estábamos dando un paso más hacia la vida que siempre soñé para ellas.
A las cuatro de la tarde vibró mi móvil y, al ver la notificación de la entrevista socioeconómica, mi estómago se apretó, aunque me repetí que podíamos lograrlo; era el colegio más costoso de la ciudad, pero mis hijas merecían lo mejor.
Leí una y otra vez la condición de que los aspirantes debían ir acompañados por sus padres, y me pasé la mano por la cara mientras pensaba que ellas no llevaban el apellido de nadie, que eran hijas naturales y aun así valían tanto como cualquier otra niña de ese lugar. Les di la noticia con una sonrisa:
—Mañana tendremos la entrevista para que puedan estudiar.
—¡Sí! —gritaron al unísono, saltando de emoción.
Decidieron de inmediato que irían vestidas igual, con sus trajes Chanel verde oliva y pequeños lazos a juego, y yo las o