Apreté con fuerza las manos de Samira y Samara y, casi instintivamente, las
coloqué detrás de mí cuando vi que el hombre cruzaba la acera hacia nosotras.
Sentí mi corazón acelerarse. Mi espalda se tensó.
—Buenas tardes —dijo él con una leve inclinación de cabeza—. Disculpe que la
aborde así, señora, no es mi intención asustarla.
Mi voz salió más firme de lo que me sentía.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre me observó con atención, pero su mirada no era invasiva, sino inquieta.
—No pude evitar notar el parecido entre sus hijas —respondió—. Es…
extraordinario.
Las niñas se asomaron por mis costados con curiosidad.
Yo respiré hondo.
—Son gemelas —contesté con cautela.
Él asintió de inmediato.
—Lo imaginé. Son realmente hermosas.
Di un paso atrás, protegiéndolas un poco más.
—Señor, si necesita algo, puede decirlo rápido. Estamos por irnos.
El hombre levantó las manos en un gesto tranquilo.
—Por favor, no tenga miedo. Soy retratista profesional. Trabajo con luz, rostros y
e