Respiré hondo cuando el abogado dejó los documentos sobre la mesa y los deslizó lentamente hacia mí.
Las hojas pesaban más que cualquier maleta que hubiera cargado en mi vida.
Mis dedos temblaron al rozarlas y una pena espesa se me instaló en el pecho, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para entrar.
Recordé, sin querer, todas esas veces en que Alberto me hizo creer que apenas alcanzábamos para sobrevivir.
Yo trabajaba turnos interminables, aceptaba humillaciones, ahorraba hasta e