Berenice había aprendido a reconocer el sonido de cada campana del refugio. La del amanecer, la del almuerzo, la del rezo nocturno.
Cinco años allí la habían vuelto parte del ritmo del lugar, como si siempre hubiera pertenecido a esos muros de piedra y a esos pasillos que olían a pan recién horneado.
Esa mañana estaba en la cocina, removiendo una olla enorme de guiso, mientras sus hijas jugaban cerca de la ventana.
—No corran tan rápido —les dijo sin voltear—. Si se caen otra vez, la hermana Ma