Berenice había aprendido a reconocer el sonido de cada campana del refugio. La del amanecer, la del almuerzo, la del rezo nocturno.
Cinco años allí la habían vuelto parte del ritmo del lugar, como si siempre hubiera pertenecido a esos muros de piedra y a esos pasillos que olían a pan recién horneado.
Esa mañana estaba en la cocina, removiendo una olla enorme de guiso, mientras sus hijas jugaban cerca de la ventana.
—No corran tan rápido —les dijo sin voltear—. Si se caen otra vez, la hermana Maura me va a regañar.
—¡Mamá, mira! —gritó una de las niñas levantando una muñeca hecha de trapos—. ¡Está volando!
Berenice sonrió apenas. Era una sonrisa tranquila que solo había aprendido después de mucho dolor.
La puerta se abrió y la hermana Maura entró con un sobre en la mano.
—Berenice —dijo con voz suave—. Llegó esto para ti.
Ella dejó la cuchara y se limpió las manos en el delantal.
—¿De quién es?
—De la ciudad —respondió Maura—. Y… del señor Fuenmayor.
El nombre le atravesó el pecho como