Del otro lado de la línea respondió una voz conocida, firme y calculadora, la única que podía entender la magnitud del riesgo que Sara estaba asumiendo.
—En una semana y media deberías empezar a sentir los efectos de la implantación —dijo la doctora Emilia Jenkins—. Náuseas, cansancio, cambios hormonales. Regresa a la clínica y yo misma me encargaré de revisarte.
Sara apoyó la espalda contra el asiento del auto y cerró los ojos.
—No puede fallar, Emilia. No ahora.
—No fallará —respondió su herm