Caleb no tiene dudas

Sentí el teléfono arder en mi mano apenas reconocí su voz.

—Señora Berenice… soy yo —dijo, apresurado, con un tono que no tenía nada

que ver con la calma del día anterior.

Me tensé de inmediato.

—Lo reconozco —respondí seca—. ¿Qué quiere ahora?

Respiró hondo al otro lado de la línea, como si estuviera corriendo.

—No la llamo para molestarla. La llamo porque estoy preocupado.

Fruncí el ceño.

—Preocupado debería estar yo. Usted publicó las fotos de mis hijas sin mi

permiso.

Hubo un breve silencio
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