Sentí el teléfono arder en mi mano apenas reconocí su voz.
—Señora Berenice… soy yo —dijo, apresurado, con un tono que no tenía nada
que ver con la calma del día anterior.
Me tensé de inmediato.
—Lo reconozco —respondí seca—. ¿Qué quiere ahora?
Respiró hondo al otro lado de la línea, como si estuviera corriendo.
—No la llamo para molestarla. La llamo porque estoy preocupado.
Fruncí el ceño.
—Preocupado debería estar yo. Usted publicó las fotos de mis hijas sin mi
permiso.
Hubo un breve silencio, tenso.
—Lo sé… y créame que no puedo dormir por eso —contestó—. Pensé que si las
ponía en portada… quizá alguna empresa las vería. Podía abrirles una
oportunidad. Fue un error.
Mi voz salió temblando, pero no de miedo, sino de rabia contenida.
—Usted me prometió que solo me las enviaría al correo. ¡Me dio su palabra!
—Y fallé —admitió, casi en un susurro—. Pero eso no es lo peor.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿De qué está hablando?
Se escuchó un murmullo de fondo, como si estuviera m