Escuchar su voz fue como sentir un golpe directo al pecho.La misma voz del hombre del que, por error, me habían inseminado… y que además era mi jefe.El mismísimo Caleb Evans.No me detuve a pensar, no miré atrás, no busqué explicaciones. Apenas crucé la puerta del hotel, eché a correr.Ya tenía demasiados problemas como para quedarme a enfrentar a ese energúmeno que, sin duda, exigiría arrebatarme a mis bebés como si fueran parte de su imperio.Mis piernas temblaban, el aire me quemaba los pulmones y mi mente repetía una sola idea: huir.Mientras avanzaba sin rumbo, recordé con angustia que esa mujer, la que me había hablado en el hospital, no me había dejado ningún número, ninguna forma de encontrarla si algo salía mal. Estaba completamente sola.Pensaba en eso cuando, de pronto, unas manos duras me sujetaron por los brazos. Grité y pataleé. Me debatí con todas mis fuerzas, pero era inútil. Eran dos hombres, grandes, firmes y entrenados.—Suéltenme —lloré—, por favor, estoy embaraz
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