Arquímedes estacionó el coche frente a la humilde vivienda.
—Hemos llegado —dijo, apagando el motor de su automóvil—. Debo advertirte algo... mi casa es pequeña y está un poco alborotada. Somos dos hombres y he tenido poco tiempo para arreglarla.
—No importa —respondió ella—. No será por mucho tiempo.
Arquímedes la miró de reojo.
—No pienso vivir toda mi vida huyendo de Jeremías —añadió Macarena, con una media sonrisa.
Él apretó el volante.
—Nunca pensé que ambos —dijo al fin—, Jeremías e Inés,