Cuando Marlene le mostró la grabación, Jeremías quedó inmóvil. Aunque siempre había sospechado que tenía que ver con la muerte de su prometida, en el fondo pensaba que estaba equivocado.
El silencio en la oficina se volvió insoportable. La rabia lo atravesó como un golpe seco en el pecho. Cerró los puños, apretó la mandíbula y, sin poder contenerse, descargó el puño contra el escritorio.
—Lo voy a matar… —escupió, fuera de sí.
Marlene reaccionó de inmediato. Se acercó y apoyó la mano sobre su