Macarena salió de la oficina azotando la puerta. Se dirigió a la sala de vestuario, tomó su cartera y su chaqueta. Ya en las afueras de la agencia tomó un taxi de regreso a la mansión. Apenas cerró la puerta se quebró y rompió en llanto.
Minutos después el coche se detuvo. Bajó del auto y entró a la mansión.
—Señora Macarena ¿está usted bien? —preguntó la empleada al verla con el rostro hinchado de llorar y los ojos enrojecidos.
—Sí, estoy bien —contestó.
—¿Va a almorzar?
—No, gracias. No t