Después de aquella conversación tan dolorosa con su madre, Jeremías regresó a casa. Al llegar, encontró a Arquímedes y a Miguel esperándolo para cenar. El ambiente era tranquilo, estar junto a su padre y su hermano le brindaban la calma que necesitaba, eran su refugio después de tanto caos.
—¿Y Giselle? —preguntó de pronto.
Arquímedes negó con la cabeza.
—No la he visto desde que llegaste.
Jeremías frunció el ceño. No había revisado su teléfono en todo el día. Lo sacó del bolsillo y descubrió