– Charles Schmidt
La sala estaba bañada por la tenue luz del televisor. Mis tres hijos estaban conmigo, y aunque a simple vista pareciera una noche cualquiera, yo me sentía extraño… casi fuera de lugar. Tenía a mis tres pequeños frente a mí, riendo y abrazados bajo una manta, y aún así, lo único que podía pensar era:
“¿Cómo pude perderme todo esto?”
Me dolía. Me dolía el pecho al ver lo reales, lo palpables que eran mis hijos. Ya no eran un recuerdo difundido ni un par de fotografías enviadas por otra persona; estaban presentes, junto a mí, y yo había sido un idiota por permitir que transcurrieran tantos años sin su compañía.
Mis ojos se detuvieron en Eva. Estaba acurrucada contra el cojín, dormida. Al principio pensé que solo había caído rendida de cansancio, pero algo en su rostro me inquietó. Su piel estaba enrojecida y su respiración, demasiado rápida. Me incliné para observarla mejor.
—Eva… —murmuré, con un nudo en la garganta.
Aiden, siempre atento, se enderezó a mi lado.
—¿A dó