– Charles Schmidt
El médico nos miró con seriedad, su voz cargada de autoridad mientras ordenaba:
—Lo siento, pero deben salir ahora mismo.
Su tono fue seco, casi molesto, como si nuestra presencia obstaculizara el trabajo de salvar la vida de Eva.
—¿Salir? —repetí incrédulo, incapaz de moverme—. ¿Cómo pretende que deje sola a mi hija en este estado?
Rebeca se aferraba con fuerza a mi brazo, los ojos desorbitados, la respiración entrecortada. Antes de que pudiera replicar de nuevo, de pronto, el cuerpo de Eva comenzó a temblar de manera incontrolable.
—¡Oh, no, mi hija! —gritó Rebeca con un alarido desgarrador que me heló la sangre.
El médico reaccionó al instante, inclinándose sobre la pequeña, revisando con rapidez sus signos vitales mientras las enfermeras corrían hacia la camilla. Se escuchó el sonido metálico de los instrumentos chocando entre sí, las órdenes rápidas del doctor y el pitido constante de las máquinas.
Una de las enfermeras, viendo la desesperación de Rebeca, se ade