— Charles Schmidt
Rebeca se inclinó y me rozó la mejilla con la ternura de siempre. Su mano quedó apoyada un instante, cálida, y me miró como si pudiera leer el desastre que me rondaba por dentro.
—Amor —dijo con voz suave—, sé que todo esto es muy duro para ti, pero piensa en el bienestar de Andrés.
La suya era la sensatez que tantas veces me había sostenido. La miré y sentí la tensión que aún me latía en el pecho.
—Lo siento, Rebeca —respondí con firmeza—, pero no vas a conseguir que cambie