— Charles Schmidt
Por fin, después de días que parecían eternos, la gran verja de la mansión Schmidt se abrió ante nosotros. El coche avanzó lentamente por el camino de grava, crujiente bajo las ruedas, entre los jardines cuidados y las estatuas de mármol que, a pesar de la costumbre, siempre me parecieron frías y distantes. Había algo en el regreso a casa que, esta vez, no se sentía como un alivio, sino como una pesada responsabilidad.
Mientras me ayudaban a bajar, sentí el dolor latente en m