Charles Schmidt
El cielo sobre el cementerio de Siena estaba teñido de un gris plomizo, como si la naturaleza misma guardara un luto respetuoso que la mujer en el ataúd no se había ganado en vida. Estamos en el velorio de Amelia. Es una ceremonia pequeña, privada, casi secreta. Los padres de Amelia, tras enterarse de los crímenes de su hija y de su trágico final, se lavaron las manos. Dijeron que era una vergüenza para su apellido y, en un acto de cobardía suprema, intentaron culparme a mí de