— Charles Schmidt
El pasillo olía a gel antiséptico y a la mezcla fría de hospital. Estábamos los tres: Rebeca a mi lado, Viktor apoyado en la barandilla y yo sentado en la silla junto a la puerta, con las manos entrelazadas hasta que las articulaciones me dolieron. La espera se sentía interminable; cada paso en el corredor era una pequeña puñalada.
Cuando el médico emergió de la sala de observación, su rostro mostró la profesionalidad de siempre: serio, pero no cruel. Se detuvo frente a nosotr