Don Augusto Schmidt
El silencio de la madrugada en el hospital era denso, interrumpido únicamente por el murmullo lejano de alguna máquina o el roce de los pasos de las enfermeras en el pasillo. Yo no podía dormir. Caminaba de un lado a otro en la pequeña sala de espera privada, sintiendo que cada minuto pesaba como una hora. Mis ojos ardían por el cansancio, pero mi mente estaba en otro lugar: en las carreteras oscuras de Italia, siguiendo el rastro de la mujer que casi destruye a mi estirpe.